top of page

EL REENCUENTRO

  • Foto del escritor: trepidante
    trepidante
  • 2 ago 2019
  • 3 min de lectura

En homenaje a Pedro Jara Puentes por Sergio Mansilla Torres



“Mi tos se tosta al sol”. Es el verso inicial de gramática deliberadamente alterada de un poema de Pedro Guillermo Jara Puentes, que yo leí en un diario mural literario que Pedro amorosamente se encargaba de mantener en la pared exterior de la que hoy se llama Sala Guillermo Araya de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad Austral de Chile, en Valdivia. Hablo de 1976, años de un Chile sombrío y feroz, abril o quizás mayo. Yo era entonces un joven y asustado estudiante “mechón” de la venerable carrera de Castellano y Filosofía, hoy cerrada. Durante ese año Pedro fue vecino mío de cama —no compañero de cama, que se entienda bien— en el pensionado Huachocopihue, que entonces parecía cualquier cosa menos un pensionado universitario. Más parecía un campo de refugiados en el que sobrevivíamos a punta de ingenio y solidaridad. Y sí, éramos refugiados que intentábamos escapar de pobrezas demoledoras; migrantes que habíamos dejado atrás, tal vez para siempre, nuestros lugares de origen. Pedro tocaba guitarra, hablaba de Chile Chico; una especie de Macondo patagónico asomaba en sus palabras; contaba historias de una tal Terry que, según decía, era una experimentada prostituta, la única del pueblo, que atendía varones de las más dispares edades y clases sociales. No era pues, raro, según contaba Pedro, que cierto profesor jefe se encontrara con algunos de sus alumnos haciendo antesala a la espera de que los atienda, por separado hay que aclarar, la tal Terry. Pedro calzaba unas sempiternas botas de explorador que yo envidiaba a rabiar; menos mal que un amigo me consiguió unas botas parecidas y esa especie de compulsión cleptómana que yo sentía por las botas de Pedro se fue apaciguando hasta desaparecer. Hablaba de Chile Chico, de literatura, de los profesores que había tenido en la carrera de Castellano que entonces estaba cursando en un año que bien podría haber sido el tercero, el cuatro o el quinto (de varios de sus profesores tenía, hay que decirlo, la peor de las opiniones), carrera que finalmente dejaría con puntos suspensivos. Fue de Pedro de quien aprendí que la literatura no es solo un asunto de llenar páginas con delirantes párrafos o denodados versos (el verso es enemigo de la poesía, dice George Steiner): es un asunto de vida en el más literal de los sentidos, de memorias, de conversaciones alargadas con parsimoniosos mates amargos: se trata de un inclaudicable compromiso con la imaginación y con el lenguaje.

Después de 14 mil años, en un terminal de buses del sur de Chile, él y ella se encuentran. La última vez que se vieron fue muy temprano, en Beringia. Ella no lo pudo seguir pero le entregó el cuenco de barro con el fuego. Sus miradas se cruzaron y ambos alzaron las manos en señal de despedida mientras él arrastraba un trineo, su arco, las flechas, su lanza cruzada en la espalda, el fuego sagrado y su cuerpo protegido con cueros de reno. Mackandal, de pie, cargando una mochila, con barba y pelo largo, espera el arribo del bus. Es ligeramente alto, delgado, de piel aceitunada, cabello grueso, ojos negros. Calza unas botas de explorador con varias hebillas en la caña que brillan a la luz tenue de las farolas. Maha desciende del bus. Aunque no es baja de estatura se ve menuda, de larga cabellera dorada; en su mirada están inscritos ya los momentos buenos y malos que vivirá en el largo futuro de su amor. Se encuentran, se besan y el tiempo se detiene. La llovizna queda suspendida en el aire fragante de ese atardecer de piel y olores que se parece tanto, tanto a la eternidad.


29 de junio de 2019 Universidad Austral de Chile






Entradas recientes

Ver todo

Comentarios


© 2023 para En Construcción. Hecho con Wix.com

bottom of page