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La mujer insurrecta en El viaje de la heroína de Camila Almendra

  • Foto del escritor: trepidante
    trepidante
  • 31 jul 2019
  • 4 min de lectura

Actualizado: 1 ago 2019

Por Francisco Ferrer




Mi heroica sangre me cubre los ojos.

-Camila Almendra



Camino. Con pies pesados y cabeza ligera, pienso en el héroe, imagino su figura. Mis ojos volcados hacia el interior examinan los mitos estudiados y aparece erguido el guerrero: Aquiles, Agamenón, Odiseo. El relato se erige pintado de viriles hazañas y agudas astucias; no obstante, al instante una trama ausente se teje en mi mente: existe un periplo silenciado, impaciente por ser narrado. No habrá sido culpa de Homero ni de Campbell, pero en la crónica de Occidente, atravesando el corazón del patriarcado, prospera con firmeza una historia que el mutismo impuesto ya no podrá aplacar. Camila Almendra lo conoce y lo enuncia convincente en El viaje de la heroína (Editorial Alto Horno, 2016), su primera plaquette de poesía.

En ella la hablante, protagonista de su travesía, mediante un tono autobiográfico, va dando cuenta de su paso por el mundo, revelando su experiencia como mujer en los espacios público y privado, en lo sexual y en lo amoroso, en lo político y en lo poético, ámbitos que en ningún caso se hallan distantes entre sí. Con una actitud lírica que combina lo carmínico con lo apostrófico, en su voz crítica se funden igualmente otras que anhelan ser oídas en libertad. Siempre provocadora y deseante, disconforme y disidente, apela constantemente a la relación con un Otro, desde lo amatorio y lo trágico, o con una Otra en su complicidad sorora y erótica: «Pd: No llames a Circe y Calipso, se aliaron conmigo». En cualquier caso, su objetivo es buscar la intensidad de un compromiso vital: ser incendiarios, rebelarse contra las normas.

En el verso citado podemos advertir una intertextualidad explícita con la Odisea, a propósito del “viaje” que se emprende, pero particularmente con las mujeres de esa obra: Camila menciona a Circe, la seductora hechicera; a Calipso, la esposa idílica; y, además, a Penélope, la incondicional. De ellas dependió en ciertos momentos Ulises –el héroe– y encarnan distintos aspectos de la “heroína”, término que nos lleva a profundizar en el otro leitmotiv del poemario: la droga. «Tiremos/ (1 ó 3456765432) polvito/ blanco/ cristalino <<como mi orgullo roto>>». Con un soundtrack rockero de fondo, las sustancias y su jerga se emplean como motivo recurrente en el flujo de los textos. Así, las figuras de Iggy Pop y David Bowie emergen para representar lo dicho e incluso –por qué no– la sensualidad de lo “queer”, en el sentido de un cuestionamiento al imaginario de masculinidad imperante. Las situaciones que se plantean a través del viaje y de la droga, del “trip” alucinatorio de la existencia, son análogas a la relación entre Eros y Tánatos, a la pulsión de vida enfrentada a la muerte. «(Me) sacaron toda la heroína que llevaba dentro»: la hablante sostiene que ha sido forzada a exteriorizar su heroicidad, que es, a la vez, la posibilidad de sentirse o volverse una amenaza, una adicción. Por eso manifiesta reiterativamente: «No debes convertirte en droga/ No debes convertirte en droga/ No debes convertirte en droga».


Como otras poetas que la preceden, Camila Almendra continúa en el frente de una militancia del cuerpo y la palabra. Su resistencia es feminista y empatiza sobre todo con la mujer que ha sido sometida o desplazada en los planos político y social. «Una niña marxista por el novio, ¡NO!/ No eres la que aplaude su revolución,/ ni su minuto de fama, ¡NO!/ TU ERES MI ARTISTA, REINA DE LA TRAGEDIA», afirma en un poema, mientras en otro confiesa: «Esa noche mientras dormía enfiebrada/ te raspaban mi hermana y yo sostenía tu mano en el hospital». Estos gestos nos hablan de una poesía situada en una contingencia combativa, nutrida de la urgencia de la realidad. Desde ese lugar subversivo se disloca también la heteronorma, cuando en Virgen de las Barricadas le declara a su compañera de lucha «me gustaría sacarte esa capucha/ y hacer la revolución en la cama, la silla y el suelo».


En El viaje de la heroína nos encontramos con una escritura que no sólo reflexiona sobre problemáticas actuales, sino que se cuestiona y se analiza a sí misma. Hay una clara intención metapoética, la cual se expresa a ratos como agotamiento («No escribiré ni una línea más») o se enuncia con ironía («Me creyeron en el proyecto de escribir:/ objeto de escritura – sujeto lírico – recursos literarios – redundancia»). Esto es llevado al extremo en el último poema, donde la autora se autorretrata de manera vertiginosa, fundiendo el ejercicio literario con la vida misma: «La excesiva cacofonía, Camila, ese desborde de palabras que repites una y otra vez, recorta adjetivos, pégale un knock out al final, que no parezca texto de diario de vida, por favor, termina el puto poemario». Y en esa línea de denuncia se observa una crítica punzante al campo literario, demostrando descontento con el circuito nacional: «¡Lee lo que escribo!/ Léelo así me dices si seré famosa,/ si podré publicar en este país de mierda». La hablante ya había advertido en versos anteriores su compleja relación con la escritura, sosteniendo en El viaje del vaso ebrio que no se cree “poeta maldita”, texto en que se mencionan a Rimbaud, Baudelaire, Mistral y Deleuze. Los autores que se indican –a los cuales debemos sumar Bataille– no son casuales: simbolizan una marca de disidencia que es clave a lo largo de la obra.


La insurrección evidenciada es personal, pero, a la vez, política, en la medida que es representativa de una lucha común para las mujeres e identidades otras. A pesar de que en el trayecto recorrido aún inquietan el miedo, la culpa o la vergüenza, prefiero insistir en la sororidad y en el impulso anárquico contenidos en estas líneas, dado que confío que a la larga predominarán sobre el dolor y lo transformarán en renovadas formas de vida.







 
 
 

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