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Soldados en el ejército de los ositos de agua.

  • Foto del escritor: trepidante
    trepidante
  • 22 ago 2019
  • 4 min de lectura

por Daniel Carrillo



En pleno siglo XXI hemos tenido que decir adiós, forzadamente y casi sin darnos cuenta, a muchas cosas que para toda una generación fueron cotidianas y parte de un mundo que hoy podríamos sentir que se quedó perdido, orbitando en una extraña galaxia.

En ese vetusto y mohoso lote de nostalgias caben las máquinas de escribir, los cassettes, los obesos y pesados despertadores de metal, las imponentes guías telefónicas, las cartas, así como también oficios de cuya desaparición ni siquiera nos percatamos, como si la nueva centuria les hubiera vaciado encima algún tipo de pomada invisibilizadora, oficios, digo, como el de operador de ascensor, zapatero o afilador de cuchillos.

Sin embargo, en medio de todo este tráfago, en donde incluso gigantes corporativos fueron decapitados por la guillotina siempre titilante de la innovación, tales como Atari, Blockbuster o Kodak, continúa sobreviviendo un objeto y un oficio tan poco pragmáticos e inútiles ambos, que cada día su supervivencia es serio motivo de reflexión para mí.

Se trata del libro y del escritor, o específicamente, del libro impreso y del escritor que le roba tiempo a la noche, al fin de semana, a horas que podría consagrar al ánimo de lucro o derechamente a sus hijos para dar forma a una artesanía que los sabios de la universidad podrán encumbrar a las cimas de la genialidad o a las marismas de lo simplón, liviano e intrascendente.

Todo esto, claro está, con una retórica en donde no debe faltar el postestructuralismo, la doble codificación, lo hegemónico y lo contrahegemónico, el canon, el paradigma, la polifonía de voces o los estereotipos fundacionales, entre otras expresiones de académica grandilocuencia.

Hoy estamos aquí por culpa de ese misterio, un misterio en el cual José Luis, o literariamente dicho, Gómez Guenchor, es un redomado reincidente. Colega, ex compañero de universidad, algo que podríamos atribuir al destino ha querido que haya podido compartir con él esta afición o pasión por la escritura. Hace más de una década tuve el honor de escribir la reseña de su primer libro, Bailando con la fea, un conjunto de cuentos en donde ya aparecían con fuerza ciertos motivos que ahora entiendo forman parte del universo literario de José Luis. El aparente determinismo de la cuna, la celebrada “chispeza” del que siempre gana haciendo pillería, la mezcolanza de referencias culturales y el refugio de paz y tranquilidad que el autor edifica sobre el punto medio de todas las distancias y diferencias (porque intuye que en los extremos cualquier construcción de hunde), son ideas que se pueden hallar con fuerza en los textos de Tardígrados.

La referencia al espíritu resiliente, al duro de matar, cae de cajón ya desde el título, que alude directamente a los llamados osos de agua, seres que según la ciencia serían los únicos que podrían sobrevivir a un cataclismo apocalíptico y que se estima seguirán vivos hasta en unos 10 mil millones de años, cuando el sol se muera.

Ciertamente, las expectativas de José Luis no son tan de largo plazo en términos de trascendencia – de lo contrario puedes corregirme acá mismo-, sobre todo porque su abordaje literario parte de una profunda noción de experimento y provisionalidad, de aprendizaje, de ensayo y error, de sencillez y simpleza, que incluso lo lleva a aclarar anticipadamente, siempre con tono de velada advertencia, que él no es un poeta.

Sin embargo, en estas páginas hay poesía, tal vez no la tradicional a la que los lectores habituales de poesía podrían estar acostumbrados, sino que una poesía en la que la reflexión, la idea, la descripción y el relato ocupan el centro del decir. No obstante, este aparente menú hipocalórico de figuras poéticas, se ve ampliamente compensado por una visión muy contingente y que empatiza con el ciudadano o la ciudadana de a pie. En atención a su calidad de periodista, se me ocurre hablar de una especie de poesía de la realidad crónica, marcada obviamente por la húmeda y verdeante suralidad del autor.

Yendo al contenido, el libro se divide en tres capítulos diferenciados principalmente por la forma: poesías de intención más convencional, haikus y antipoemas.

Pero a través de toda la obra es fácil identificar un hilo unificador, que parte de la base de una apertura muy personal del autor, quien repasa su niñez, juventud y su etapa adulta, con una mirada a ratos descarnada y a ratos indulgente, como el héroe y el villano que todos somos en nuestras propias vidas. El reconocimiento al apoyo y al amor de su madre y su tía, los talleres y recitales poéticos, las tocatas de pueblo con su banda de rock, y el cariño incondicional a su hija, forman parte indisoluble de la conformación de todo este mundo interior.

Junto con abrir una ventana a su propia intimidad, el autor declara sus principios como ser frente al mundo, sin temor a terminar etiquetado como ingenuo, sino que convencido de que el camino de la moderación puede ser un punto de fuga, si bien muy poco transitado, hacia cierta iluminación interior.

Otro punto que llama la atención es la multiplicidad de referencias que existen en los textos del libro, ya sea pertenecientes a la tradición chilota o a la cultura pop. Hay muchas citas y guiños a poemas, canciones y películas, lo que podría denotar la búsqueda exhaustiva de un centro de gravedad en el cual guarecerse del vacío y la caída, la necesidad de algo concreto e inmutable para alguien que ha transitado en un sincretismo cotidiano desde las costumbres y la magia de Chiloé, a la hipercivilización de una ciudad universitaria como Valdivia, en donde los sabios y las ciencias han construido su propio nicho de realidad. Y todo esto conjugado con la convicción de un católico que rezuma escepticismo pero que nunca llega a renegar.

Chiloé, Valdivia, y también Punta Arenas, ciudad en la que el regazo del autor renueva la calidez de lo paternal, son los puntos más claros de esta geografía interior, cuyas huellas sin duda José Luis atesora, como tatuajes con forma de mapa que le bombardean el alma y que precisa dotar de sentido.


Valdivia, julio 4 de 2019


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