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Casas Enterradas de Isidora Vicencio

  • Foto del escritor: trepidante
    trepidante
  • 3 ago 2019
  • 3 min de lectura

Por Verónica Zondek


         Casas Enterradas, título y también primer poema del libro que estamos presentando, instala a la nostalgia o el nostalgiar, en el epicentro del mundo que ocurre tapas adentro. De aquí en adelante el sabor dulce y amargo de ese sentir, sazona el cuerpo de lo escrito.  


          Todo parece suceder en un tiempo y un espacio alejado y es, creo, enunciado por una voz anciana o sin edad reconocible, que ha ido perdiendo todo en su tránsito por el mundo. Leí y releí el libro y concluyo que las casas enterradas se enhebran con hilo firme a una melancolía que se encarga de enterrar esa memoria que la autora nos define, en forma paulatina y creciente a medida que avanza la escritura, como el de una casa o territorio que nos protege de la intemperie y de los imprevistos. Así se dibuja y palpa la atmósfera del libro. Ese es el tópico y la presencia que sobrevuela o entre-vuela en estos poemas.


        El libro recorre y nombra los despojos de una ilusión o el final de una época de inocencia, quizás la de la infancia y/o adolescencia, en donde los sueños y la realidad suelen ocupar espacios intercambiables. Es ese mismo nombrar de los despojos, lo que construye una realidad que no cesa de negarse o borrarse a sí misma para entonces, encontrar nuevos brotes donde engancharse. Una mano escribe y la otra borra, y así sucesivamente. En ese conflicto, vivo y presente, es donde se construye y habla el libro. Es ahí, en esa intersección, donde queda atrapada la nostalgia. Recuerdo sobre recuerdo soldado a fuego vivo con la argamasa de la historia posible para instalar sobre los cimientos de esta memoria elegida, una identidad. Poema a poema se construye una búsqueda de sentido, de contenidos que sostengan el imparable deambulo entre tristezas amparadas en el enjambre de las polleras de una realidad que, utopías más utopías menos, reniega o sostiene el sueño posible, el anhelo por lo justo.


        El miedo a la muerte, a la soledad y al vacío, están todos envueltos en un tiempo añoso que arraiga en el presente y se viste con los elementos del entorno inmediato: el río, la lluvia, la niebla, el agua, las gotas, las goteras, los techos y mucho más. Sur, y sólo o todo Sur. Esta descomposición de los elementos de la realidad, son trabajados aquí como restos de un habitar posible que hacen carne en ciertos momentos y ciertos objetos que dan pie al sueño de la belleza. Es la belleza de estas pequeñas cosas, los momentos y cargas del ojo, la que salva al hablante del sinsentido, de la muerte que acecha en cada esquina y que se hace necesario aprender a leer y palpar. Todo se pierde o ya está perdido y la sensación dominante es la de una huerfanía, sensación ésta, que perdura gracias a los recuerdos que no cejan en su voluntad de corporizarse sobre la página. Y, sin embargo, hay un convencimiento de que también la memoria muere, desaparece inexorablemente, a no ser que una mano la escriba o una memoria la paladee y transmita una y otra vez. Es decir, enredada en esa nostalgia que prima en el tono del libro, se encuentra la victoria de quien logra retener sobre la página aquello que de otro modo está condenado a la desaparición. Y esa desaparición, ya sea por mano de la violencia o por proceso natural, materia viva de la nostalgia post o pre acontecer, queda inscrita acá. Ese es el triunfo que marca la letra de este libro. Tenue triunfo ante la fuerza del mal o del sistema o de ese desconocido y fatal poder que caerá sin más, una y otra vez.


      En definitiva, un libro que, como mono porfiado, escarba en las sucesivas casas enterradas para dejarlas a la vista y no mueran sin canto y derroten el profundo miedo que campea entre las praderas ventosas. Un mantra contra el vacío, contra la soledad, contra el eterno retorno de la lombriz que inevitablemente colma su hambre de vida con carne abandonada. Ciclo que va y viene, y da cuenta de un manto que es posible y que nos cobija ante el terror del sinsentido. Escritura.


       Libro que podrán leer para así derrotar junto a su autora, la ausencia de signos y desaparición de la memoria que nos ataca por todos los costados en este sistema de consumo e inmediatez donde la prepotencia humana campea.


Valdivia, febrero 2019




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