Presentación de Ojo de Agua. Antología de Verónica Zondek
- trepidante

- 31 jul 2019
- 7 min de lectura
Actualizado: 1 ago 2019
Por Camila Almendra
Es difícil escribir cuando hay tanto cariño y admiración para una mujer sabia. He pensado desde que llegó a mí la primera antología de Verónica Zondek la misión imposible que tengo esta tarde noche. Una vida llena de historias, crudezas y varias intensas anécdotas, pero yo no daré datos que opaquen la búsqueda escritural de Verónica, no al menos hoy.
Ayer Cristina Gallardo en su programa radial Trepidante le preguntaba si podría pensar que ella tiene un proyecto poético, era sin duda, una de mis interrogantes para escribirles esto, Verónica cree que sí, pero tampoco nos dio más claves de ello, porque, presiento que está en un acertijo y yo sé que en el acto de la recepción de su escritura se deleita ante todas las lecturas de sus textos, desbordándose hasta en el cine o la danza butóh. Dato no menor, porque se podría susurrar de escritura oscura o hermética, yo prefiero la nominación de escritura madeja.
Enredar el hilo de la palabra. Verónica se ha desterritorializado de alguna denominación estancada de su poesía, porque las etiquetas no le vienen, pero yo siento que sí existe un posicionamiento crítico acerca de la ciudad y su inusitado ritmo de cambios, al que la poesía no tiene cabida en el vértigo de vivir por el Progreso, nombre del poema en Por gracia de hombre, una denuncia al arrebatamiento de la belleza de nuestro mundo por la anodina vanidad: “Pesa la certeza y pesa el camino. / Pesa la duda y pesa la tierra”.
El proyecto poético de encontrar la palabra precisa para abrir dentro de las limitadas posibilidades del lenguaje entremezclados significados parecer ser una obviedad dentro de la poesía, pero no nos confundamos en un mundo que nos han divorciado falazmente el cuerpo de la razón, este último que busca una respuesta unívoca y monolítica a los fenómenos en la era de la posverdad.
La artista Barbara Kruger, en sus fotografías en blanco y negro con mensajes al pie de foto, en una de sus más conocidas obras en 1989, expone: Your Body Is a Battleground (Tu cuerpo es un campo de batalla). La obra poética de Verónica Zondek indaga en las múltiples voces que emanan del cuerpo, como en El libro de los valles, primer poemario antologado, la figura del valle es un territorio imaginario para el propio cuerpo. El cuerpo como categoría que también ella desestabiliza ¿puede tener un cuerpo el tiempo?
La palabra es pulcra en la escritura madeja para el ideario a alcanzar, oficiar en torno a la palabra como proyecto poético, sin que esta se encierre en sí misma, más bien me parece un puente con muchos caminos por recorrer del cual se vale las alteraciones: “Soy pájara delirio” (comienza en Peregrina de mí). Disfruto leer las obras de Verónica incontables veces, después de un tiempo, el acertijo creo que está en el cruce metapoético que hay en todas sus obras literarias: “Y <<Mistrala>>/ no olvides/ que ya somos los que te escuchamos/ (Por gracia de hombre).
En cada poemario la palabra es el goce estético, pues la escritora misma se va encontrando en el propio ejercicio obseso del acto. Confesiones de la autora en innumerables entrevistas.
Toda poesía es política, es innegable, pero no toda poesía es hostil al capitalismo, se vislumbra aquello en: Nomeolvides: flores para nombrar la ignominia (poemario no antologado para esta ocasión) como El libro de los valles, El hueso de la memoria o Fuego frío, por nombrar algunos. En Nomeolvides la alianza entre el patriarcado en el cuerpo de una joven que clama por la autonomía de sus decisiones y de abortar; y en El libro de los valles, una crítica a las opresiones estructurales del capitalismo, expresados en la competencia humana como pérdida de la comunidad. Amonestando a la ambición cito:
“En Valle de Oro hay guarda de evidencias. / En Valle de Oro hay intervención de tribunales. / En Valle de Oro hay justicia en la medida de lo posible”.
El Chile herido está presente en el poema “Sin perdón en el olvido”; un Valle Mutilado como nuestra propia historia, la cual enseñarán cada vez más parcial a las nuevas generaciones globalizadas subsumidas en la ignorancia de nuestros pueblos y sus luchas: “Desde ahora y sin apelación/ cobran importancia los extremos corporales”.
La ciudad emerge como devoradora de la historia: “el valle entreabre sus labios y lo envuelve en su lengua carnuda” la poesía se torna en el único espacio atemporal improductivo: “El tiempo es huérfano de estación. El escrito que perdura es un arañazo en la ladera”. La palabra registrada disputa como micropolítica del recuerdo.
Hablar de voz femenina hoy se transforma en peyorativo al ser “lo femenino” una categoría tan inestable y mutable en el tiempo desde la ausencia de características propias de la masculinidad hegemónica. Pero en perspectiva histórica, Verónica Zondek se ha destacado por ser parte de nuestra herencia viva latinoamericana que abrió paso a otras poetas. En momentos contemporáneos de desestabilizar las categorías, no hay que ignorar que la poesía de mujeres se hace una necesidad desde la invisibilización de una gran parte de destacadas escritoras en el canon literario chileno, lo peligroso es cuando las interpretaciones se transforman en desentrañar una esencia femenina, pues no somos todas iguales: es un subterfugio para no asumir que el sexo asignado es sólo una condición más de todas las dimensiones que posee un ser humano. Pero Verónica escribe, mucho antes que estas olas actuales, sobre el concepto de la cuerpa en Vagido: “De la loca derivas/ de lo yo cuerpa/ de tu suelta sola/ tú/ mi joyita”. Vagido es un parto desacralizado, como crítica a los discursos almidonados acerca de aquel momento, sublimándolo sin ahondar en el dolor más profundo de esa cuerpa que se desgarra para dar a luz. Al igual que el desgarro de sus letras, en un mundo que ha perdido espíritu para darles significado. La esfera espiritual también está presente en Fuego frío, qué es sino la naturaleza y la noción exquisita de nombrar “el bosque musical” en un poema o que gime como sangrienta hierba perdiendo el equilibrio, parafraseando otro verso. En este poemario que la naturaleza es personificada y clama sin poder evitar la inexorable catástrofe del reinado del humano, puesto que construimos imperios por sobre otros y sobre el espacio que habitamos. Este poemario convierte a mi entrañable poeta como una compositora de piezas musicales.
Verónica y su faceta de escritora migrante, también se desplaza con su voz poética. Ella es una sujeto caminante por los países, los cafés, las casas de amistades y los no lugares. En esa mirada panorámica, con los pies en la tierra por la gravedad, adquieren nuevos significados lugares y momentos que tal vez no nos detuvimos a apreciar con la lupa de sus letras. Resignifica los bosques poéticos esforzándose en sus nudos en la sintaxis, nos dicen que hermética podría ser, pero no… Yo pienso que esa distorsión intencionada es puro placer cómplice; aquí no se intenta burlar una censura, por el contrario, se invita a burlar los órdenes establecidos como naturales, transformando poemas en telares imaginarios.
En un mundo que ha extraviado sentido de existencia, revivir la palabra parece una bandera: es el oficio de reposar la obra y re mirarla, y así han sido treinta y cinco años de publicaciones. Quiero elucubrar con atrevimiento acerca de un proyecto poético que resquebraja la utopía de la ciudad a partir del no-tiempo en el acto de escribir o de leer poesía, porque la poesía es resistencia de la producción que nos vuelve maquínicos, tan sólo lean en voz alta: “Hay un viento que necesita de la tierra para trabajar. / Hay una tierra que necesita del viento para germinar. / Hay una tierra que necesita del viento y presta oídos a su necesidad. / Hay una tierra que nos sustenta a pesar de nosotros. / Hay un viento que habla por nosotros. / y nada” (de Fuego Frío). ¿Para qué levantar dogmas y creencias estáticas y seguir destruyendo(nos) a mansalva? consciente de la condena a ser libres (como Sartre) nos invita a hacernos responsables de ello también.
El “sentido poético” como ella misma le llama, para la vida y la muerte, nos interpela a lo transgeneracional, al amor a los seres y a la no disociación de lo que nos rodea con nuestra humanidad.
Para mí la poesía de Verónica Zondek es urgente para cuestionar el periodo en nuestra cultura neoliberal, nos alterca con la velocidad cotidiana, la alienación del laburo y la rutina.
Gilles Mènage, en su libro “Historia de las mujeres filósofas” destaca a Teodora como una peripatética perdida, ya que Aristóteles no aceptaba a mujeres en el Liceo. “Teodora, que seguía el culto de los paganos y era experta en la doctrina filosófica y en todas las cosas que requieren talento, como la poética o la gramática”. Así tal vez nace La ciudad que habito y “en cielos que se hacen agua/ que clavan la gota/ la gotera/ el llanto milenario. / El que sabe escucha.” Tanto andar prófuga para situarse aquí, ha convertido a Valdivia en su cuarto propio.
Nuestra poeta querida se inmiscuye en todas las temáticas de las que desee escribir, paseando por los jardines del mundo y ahora Valdivia: se le puede ver en un café con su agua mineral con gas, preferentemente con una rodaja limón, porque ante todo entre la unión indivisible entre autora y obra, yo destaco la sutil elegancia.
El caos que aparentemente reina en el bosque nativo, tiene su motivo de ser y habitar, así también estas eternas madejas poéticas: “Habla. / Devuelve su camino a la tierra/ que hace lunas mil/ ella/ la de la tibia piel encendida/ añosa y triste/ soñó/ (de Peregrina de mí).
Las aguas subterráneas brotan en la poesía de Verónica Zondek y se lo agradezco como una imprescindible para nuestras vidas literarias.
Valdivia, mayo 2019





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